En febrero de 2026, un cerdo vietnamita de cuatro años llamado Merlín alcanzó un hito inusual: obtuvo un récord Guinness al superar el millón de seguidores en Instagram. Lejos de ser un simple contenido de entretenimiento, el caso de este animal que vive en California ha captado la atención mundial debido a su asombrosa capacidad de comunicación. Entrenado por su dueña, Mina Alali, mediante refuerzo positivo, Merlín utiliza su hocico para presionar un panel con más de 30 botones sonoros que reproducen palabras grabadas. A través de este sistema, no solo pide comida o salir al exterior, sino que logra estructurar respuestas para afirmar, negar e incluso expresar estados de ánimo complejos, indicando explícitamente cuando está enfadado.

Aunque la popularidad de Merlín podría parecer una curiosidad de internet, la realidad es que su comportamiento está respaldado por la ciencia. Un estudio reciente publicado en la revista Scientific Reports analizó el uso de este tipo de botones de comunicación y concluyó que las pulsaciones que realizan los animales son acciones deliberadas, descartando que se trate de movimientos aleatorios o de reacciones involuntarias a las señales corporales de sus dueños. Este fenómeno viral ha sido el detonante perfecto para reavivar un debate internacional sobre la verdadera capacidad cognitiva y emocional de los cerdos.
La evidencia científica
La ciencia lleva años demostrando empíricamente que las capacidades demostradas por Merlín no son una excepción en su especie. Los estudios han confirmado que los cerdos poseen habilidades cognitivas que rivalizan con las de un niño humano de tres años, superando en varias métricas a los perros, cuya inteligencia suele equipararse a la de un niño de dos años.
Una exhaustiva revisión comparativa publicada en el International Journal of Comparative Psychology (2015) consolidó la evidencia científica respecto a la inteligencia de los cerdos domésticos. Las investigaciones revelan que destacan por su excelente memoria espacial, lo que les permite recordar la ubicación exacta de las fuentes de alimento y distinguir entre diferentes sitios basándose en la cantidad de comida disponible.
Su destreza motriz e intelectual es tal que un estudio publicado en Frontiers in Psychology (2021) demostró que los cerdos son capaces de operar videojuegos simples, moviendo un puntero en una pantalla mediante el uso de un joystick manejado con el hocico. Además, frente a la resolución de problemas, muestran una notable independencia; mientras que los perros tienden a buscar la ayuda humana para resolver un obstáculo, los cerdos persisten por sí mismos hasta encontrar una solución.
En el ámbito social, la complejidad de estos animales es igualmente sorprendente. Los estudios confirman que los cerdos experimentan el fenómeno conocido como «contagio emocional», lo que significa que pueden percibir y reaccionar a los estados emocionales negativos de sus congéneres, ofreciéndoles apoyo social y demostrando empatía.
Asimismo, poseen habilidades de «teoría de la mente», utilizando el engaño táctico para influir en el comportamiento de otros individuos y alejarlos de fuentes de comida ventajosas. Poseen una gran capacidad para diferenciar rostros humanos y recordar qué individuos (tanto humanos como porcinos) son de su agrado. Curiosamente, al igual que ocurre con los perros, también se ha documentado que los cerdos buscan el consuelo de los humanos en situaciones de alto estrés.
Para la industria agroganadera, el interés mediático generado por el caso de Merlín, sumado al robusto cuerpo de evidencia empírica que lo respalda, plantea importantes interrogantes éticos y prácticos. Demostrar de forma tan visual y científica que los cerdos poseen una inteligencia emocional y cognitiva que iguala o supera a la de los animales de compañía tradicionales desafía las visiones convencionales que se tienen sobre el «ganado».





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